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Sacre bleu
El cielo me cae encima, sin cuartel, sin alma.
No hay vuelta de hoja, hoy es el último día que existo, en este plano parece que ya no hay sentido alguno, cruzaré al otro a ver que me ofrece.
Los platos están sucios, el gato murió hace días de hambre, mis muñecas dejaron de sentir hace semanas, mis manos solo cuelgan inútiles de unos brazos necrosados que poco a poco acercan la muerte a mi pecho.
Mis pies son negros en parte, duele mucho no sentir nada.
Los ojos resecos me pican, ya no lloran por la deshidratación, seguir vivo me causa conflicto, no se siente real, no se siente posible, solo se siente y eso es imposible.
Nórdicas horas de noche y día, aún así me queman las entrañas, ojalá esto no durara tanto, ojalá morir fuera más rápido.
Cuando los ojos por fin se me cierren para siempre quiero que no haya nada del otro lado que me recuerde a esta vida, no por difícil o dolorosa, solo por la agonía del aburrimiento que es lidiar con cualquier persona, si he de vivir en otro plano, que no haya nadie más sería genial, si no es mucha molestia.
Hacer equipo en las penumbras del dolor me sonaba tan romántico y delicioso en mis años adolescentes, después de averiguar que nadie realmente es capaz de hacer equipo en estas calles me queda claro que el problema es mío, no debí insistir, la necedad si es un pecado amigos, se paga con las extremidades podridas y el pecho hueco, no pasa nada, lección aprendida, luego vemos como le hacemos.
Siento un relámpago negro desde las gónadas, el aire deja de ser accesible y mi cerebro se seca, puedo sentir como se vuelve concreto.
Todo se siente quieto, sin movimiento alguno, nunca había sentido tal paz.
Segundos suceden, se sienten como años.
Luz amarilla en mis córneas ¿tengo córneas? empezamos bien.
Calorcito en los brazos, miro mis piernas sin dolor ni necropiel, solo vellos y poros.
Mis manos se sienten como nunca, sin dolor, sin pesar.
Me levanto, estoy en un campo de trigo, inmenso y con aroma ligero a paja y tierra húmeda, escucho las turbinas de un taxi a mi derecha, así es, está aterrizando a lado del granero. Se abre la puerta, no se bien como pero se que tengo que subirme.
El interior es de terciopelo rojo, como un teatro de los 70s, huele a maja, mi abuelita lo usaba. El chofer inexistente suena por las bocinas.
Destino: CDMX 2, Harfuch 12, colonia Obrador, tiempo aproximado de viaje, 6 minutos.
Bien, la pantalla de enfrente me informa que el aniversario luctuoso 25 del narcotráfico como concepto está a dos días de tener un desfile espacial.
Boletos disponibles por si me interesa ir. No gracias, no se ni si tengo créditos en este lugar. Busco en mi bolsillo y tengo una cartera, trae una tarjeta del banco nacional y una identificación diplomática.
No se bien que pensar, no recuerdo muy bien casi nada, solo me cosquillean las muñecas un poco, pero nada serio.
Llegamos a la avenida, me bajo y camino hacia la dirección que dijo el taxi, voy a tocar el timbre de la casa gótica pero me abren la puerta, es una muchacha de unos 22 años vestida totalmente de negro, me mira de arriba a abajo, sonríe y me abraza.
- Te extrañé papiiiii
¿Papi? Chale ¿cómo se me olvidó esta parte? Me jala a la casa, está lleno de gente, caras familiares pero no se quiénes son realmente, me saludan efusivos y sonrientes, la muchacha me sigue jalando hasta la cocina.
- ¡Mamá, mira!
Una mujer de cabello negro y los ojos más azules que jamás había visto me mira, sonríe cálidamente, me abraza.
- Por fin ¿dónde te habías metido?
Sin poder decir mucho me da un plato con un taco de chicharrón norteño, lo muerdo casi de inmediato, no había visto uno de ésos en años.
La carne se deshace en mi boca y sabe a chapopote, me quema la boca y derrite mi piel hasta el hueso.
Mis brazos y piernas ya no están vivas, mi cara recibe más chapopote hirviendo, me derrite la cara, los ojos me hierven.
Nunca salí del cuarto, nunca saldré del cuarto.
Vivo en el cuarto aún muerto.

